Era una chica hermosa que subió al microbús. Yo iba sentado bien atrás y el vehículo estaba casi desocupado. La bella niña pagó, miró y luego avanzó por el pasillo y vino a sentarse justo a mi lado. Yo quedé turulato. La niña me miraba y podía darme cuenta de eso porque yo también la miraba de reojo. Escuché su voz cristalina que me preguntó -¿Tu sabes donde queda la Plaza de Armas? La miré algo sorprendido porque el que ignora eso, o bien es de provincias o extranjero o el guaripola de los ignorantes. Le contesté que si y ella me pidió que le avisara. Luego extrajo de su cartera un espejo y un lápiz de cejas y comenzó a maquillarse. Me sentí invadiendo su íntimo territorio, pero la chica no parecía intimidarse por nada. Casi me desmayé cuando me preguntó: ¿Estoy bonita? mientras me dirigía una sonrisa entre coqueta, lasciva e inocente. ¿Qué otra cosa podía contestar sino que siii, un si tembloroso que me remeció entero? Subió un vendedor de helados. Ella lo llamó y le compro dos chocolitos. Para mi sorpresa, me extendió uno. No lo quería recibir, más por pudor que por falta de ganas.

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Sentado en su banca, Evaristo pasaba tardes enteras esperando que alguien le comprara sus golosinas. Acudían de vez en cuando algunos niños que le desordenaban la mercadería, regateaban esto y lo otro para finalmente llevarse un miserable caramelo de diez pesos. Del mismo modo, bullangueros escolares se arremolinaban frente a sus productos y en medio de las risas y el jolgorio, le escamoteaban algún chocolate o un paquete de galletas.

La anodina existencia de este vendedor, le obligaba a inventar mil formas para que el repetitivo paisaje no lo adormeciera. Sabedor que los chicuelos gustaban de jugarle bromas, se les adelantaba, les ofrecía pasteles espolvoreados con sal, sorbetes amargos y galletas insaboras. Se reía hasta quedar agotado cuando aquellos chicuelos se alejaban con sus rostros contraídos por el asco y ya sin ganas de jugarle otra trastada al vendedor.

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Al francés lo habían matado cobardemente. Que era igual a decir que por la espalda. Una flecha rudimentaria -la punta un arpón serrado y brillante- le había perforado el pulmón izquierdo y tocado el corazón. La muerte había sido lenta. Dolorosa como ninguna otra.

Más tarde, Hércules González, comisario de la Policía Federal, división homicidios, sabría por boca del perito que la punta había sido envenenada con curare.
-¡Maldición, no basta que el país esté al borde de la guerra civil por culpa del narco para que ahora también se anden matando como jíbaros!

González, instalado en una oficina del último piso de la Procuraduría General del Estado de México, leía el archivo de Benoît Florence, alias “El Francés”.
-Como quien dice no se sabe gran cosa de este francesito- dijo González al policía Anacleto Magallanes que se encontraba sentado en el sofá doble de la oficina.

-Ese es todo el archivo que tiene la estatal sobre el occiso, mi comisario.

-Dime Magallanes, con esas orejotas que te cargas, seguro has oído un poco más, ¿no es así?

-Pues algo jefe, se rumora que era uno de los operadores de la Familia.

-Ya veo, no sería mala idea que cierres esos cabos, mientras iré a ver a un conocido. ¿Quedó claro?

-Sí jefe, quedó claro. Al rato me comunico con usted.

-Despreocúpate Magallanes, yo te marco al privado. Y ya llégale que no tenemos toda la vida.

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En las universidades contemporáneas, se puede estudiar desde medicina, derecho y física aplicada a la criogenia, criminología, botánica polar, hasta oratoria y repostería turca, pasando por trabajo social, politología, glaciología y nanorobótica.

El número de universidades es prácticamente imposible de definir, por cuanto cada día surgen algunas, incluso donde antes era impensable.

Pareciera que este fenómeno debe aplaudirse, por cuanto estaría reflejando el anhelo humano de capacitación y formación personal, que desde todo punto de vista es loable.

Pero más allá de la retórica apologista a la formación de recursos humanos y a la profesionalización de nuevas generaciones, habrá que poseer una grave incapacidad de aprehender la realidad para no darse cuenta que el mundo con todos sus médicos con sendos grados académicos, es incapaz de eliminar la malaria, curar el cáncer o prevenir la diabetes o la gripe común.

Los ingenieros nucleares de vanguardia, pese a su elaborada descripción de Muones, Gluones y Leptones, cuando se les mueve el piso no tardan mucho en demostrarnos que con la energía atómica se pudo jugar, pero a un precio indigno.

Los Ph. D. en leyes no pueden dar explicación plausible a su supuesto desarrollo disciplinar y el geométrico incremento de prisiones y celdas de seguridad, corrupción omnipresente y matanza impune a lo largo y ancho del planeta.

Los sociólogos parecen vulcanólogos: saben y describen erupciones pero no las pueden predecir ni controlar.

Los más altos cerebros universitarios brillan con luz cegadora, pero no iluminan a la sociedad. Con las excepciones de rigor, ninguna relación existe entre ser graduado universitario y mejor humano, mejor padre o criatura.

Si algo no hay en las universidades, es humildad.

La soberbia jactanciosa impera en todos y cada uno de sus nichos: los postulantes saben que los evaluarán como a ganado, revisarán sus antecedentes y calcularán su capital potencialmente explotable: nada es gratis en la universidad.

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Teníamos como cuarenta años de no vernos.

La última vez, nos habíamos separado muy enojados. Bueno, el enojado había sido él porque le había quitado todas sus canicas en un juego hecho y derecho.

Resultaba que cuando tenía diez, yo era todo un as de las canicas. Ningún niño de la cuadra me ganaba a las chiraspelas. Y todos lo sabían pero aún así querían jugar contra mí. Querían ser los que habían desbancado al rey de su trono. Lo mejor es que yo había empezado sólo con una canica. Prestada además de todo. Y poco a poco, a base de triunfos contundentes, me fui haciendo de un verdadero costal de agüitas, luces, ojos de pescado, estrellas y demás modelos como ningún otro niño se había hecho en la historia. Incluso mi madre, para redondear el gasto, comenzó a quitarme algunas canicas a escondidas y a revenderlas en bolsitas entre los niños de las cuadra. Se sorprendían cuando abrían la bolsa y encontraban algunas de sus antiguas canicas. Y más me sorprendía yo cuando llegaban a retarme y me daba cuenta que me jugaban con canicas que ya habían sido mías anteriormente.

El encuentro fue casual, a decir verdad. Él iba saliendo de un restaurante en la del Valle y yo iba entrando. Yo no lo reconocí, pero él sí lo hizo y gesticulando grandemente se me paró enfrente y me saludó. Por un breve momento me quede mirándolo sin saber bien quien pudiera ser hasta que me recordó que él me había prestado mi primera canica. Canica que luego no tarde en recuperar después de habérsela pagado cuando ya no le quedaba ni una para seguir jugando.

Se despidió de sus acompañantes, y, porque según no tenía mucha prisa, se autoinvitó para acompañarme a comer. Yo realmente no iba al restaurante a comer sino a tomarme un café con una muchacha diez años menor que yo que me estaba queriendo dar, pero como él insistió en debíamos rememorar los viejos tiempos, no tuve de otra sino disculparme un momento y hablarle al celular a la chica y posponer el encuentro que confiaba nos llevaría a la cama.
Pedí una mesa ligeramente malhumorado pero cuando el maître D vio quien me acompañaba decidió darnos justamente la misma mesa que acababan de desocupar. Sólo tuvimos que esperar un momento a que la limpiaran.

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